Amaya Blanco: La poeta que busca conocerse a través de la espiritualidad

No todas las personas son capaces de mirar al abismo. Ese lugar dentro de las personas en el que, aun albergando nuestros más profundos miedos, se halla el crecimiento espiritual para explorar lo insondable del género humano. Así es cómo se posa la mirada de la poeta malagueña Amaya Blanco, quien tras vivir año y medio en el colegio Kaizen Montessori y realizar voluntariados junto a la comunidad bahá’í, intensificó su acercamiento hacia Dios. Dichas experiencias no sólo han marcado su vida personal, sino también su enfoque poético

Sin embargo, Blanco no entiende lo espiritual como algo mágico o esotérico, sino como una forma de conocerse a sí misma. “Como mujer educada en una sociedad machista, he aprendido que tengo que encontrar un equilibrio entre lo que doy de mí misma y lo que me guardo para estar bien conmigo misma”. Lamenta que antes estaba acostumbrada a darlo todo y a quemarse con facilidad, incluso en el terreno espiritual. “Eso me parecía lo correcto”, reconoce. Por eso, la autora tuvo que trabajar con una psicóloga para entender que la moderación es importante en todo, incluso en el sacrificio.

No sólo hay que acercarse a la espiritualidad, sino que hay que permanecer en ella. Para la autora, la constancia es el reto más difícil. “Después de un retiro espiritual con gente maravillosa, por ejemplo, es muy fácil acercarse a la espiritualidad, pero luego vuelve el lunes, los atascos, las prisas, los niños que no quieren comer o hacer los deberes… y parece que todo eso se difumina”, explica. Ella acepta que no somos perfectos y que no pasa nada por tropezar una y otra vez con la misma piedra. “Una vez admitido eso, podemos ir intentando mejorar poco a poco, trayendo a nuestra memoria esas palabras espirituales que nos nutren en los momentos de conexión”.

A lo largo de su trayectoria artística, Blanco ha ganado varios premios. Desde la concesión del premio de poesía Joaquín Benito de Lucas en 2019, hasta el premio Ciega de Manzanares con el que publicó “La tinta de la luz” en la editorial Huerga y Fierro. Entre sus fuentes de inspiración está el fundador de la fe bahá’í, Bahá’u’lláh, quien decía: “una lengua amable es el imán de los corazones”. Asegura que esto se repite una y otra no sólo en la tranquilidad del hogar durante un fin de semana, sino en un momento de crisis que puede moldear nuestra conducta y que la espiritualidad dé el fruto de la constancia.

La autora estudió Traducción y Estudio árabe en la Universidad Americana de El Cairo. Fue alumna del también poeta Antonio Carvajal. Más tarde se marcharía a El Cairo para aprender árabe, pero ahí ya no estaría acompañado del poeta. “Carvajal es un recitador nato. No sólo tiene una voz profunda y almibarada, sino que sabe recitar muy bien. Sus clases fueron los recitales más inspiradores a los que he asistido jamás, porque además, primero recitaba y luego nos iba mostrando los engranajes de la métrica, para que adoráramos la música que siempre va ligada a la buena poesía”.

En cuanto a sus futuros proyectos, la escritora menciona una novela sobre los amores imposibles y cuentos inspirados por el árable. Los cuentos que está escribiendo van en la misma línea que “La tinta de la luz”, es decir, esa búsqueda espiritual como eje central. “Decía antes que la poesía es la única que me permite expresar de alguna forma estas experiencias místicas pero la narrativa me deja acercarme de otro modo”. Gracias a su estudio de la lengua árabe en Siria y en Egipto, le ofrece todo un abanico de significados capaz de dar “una vislumbre de lo que puede llegar a alcanzar un buscador”.

La poeta está buscando palabras de origen árabe que se utilizan en castellano con normalidad y que la gente no se da cuenta la gran carga semántica y simbólica que tienen. “Yo quiero utilizar mi experiencia en Oriente Medio para reflexionar sobre todo lo que nos une a ese pueblo maravilloso. Todos buscamos algo más elevado y no importa desde donde se busque porque el fin es el mismo. Esa es la idea de fondo”.

En relación a su segunda novela, lo espiritual no está en el foco. La novela reflexiona sobre otro asunto que también le interesa: “la belleza de la imperfección en las relaciones de amor”. La historia gira en torno a Mía, una mujer con dos hijos rebeldes —a los que no sabe cómo educar— y un marido adicto al trabajo, al que apenas ve. Ella se está preparando una oposición y, al inicio de la novela, se le rompe por segunda vez una tetera de cristal. “La primera tetera la tiró el niño antes de que saliera incluso de la caja; la segunda fue la niña, el caso es que Mía piensa que no soportaría que se le rompiera ni una cosa más”.

A partir de aquí todo se rompe: la relación con su marido y con sus hijos estalla por los aires cuando Mía reencuentra a través de Facebook a su amor platónico, un chico franco-marroquí al que conoció un verano en Marruecos y aque ahora vive en París. La protagonista acabará viajando a Francia para asistir a la histórica Cumbre del Clima de 2015 para aprovechar y ver qué pasa con su antiguo amor. “En realidad, el activismo, al principio, es una excusa para ir a visitarlo pero, poco a poco, va cobrando protagonismo hasta transformar su vida”.

Todo esto se muestra a través del símbolo de la tetera rota, que Mía aprende a reparar mediante la técnica del Kintsugi, un arte milenario japonés que pinta las grietas con polvo de oro para destacar la belleza de los errores. “Al final, aunque no parezca estar vinculado directamente con la espiritualidad, sí que hay una defensa clara del medio ambiente y de un estilo de vida más coherente con nuestra naturaleza espiritual”.